podrán

podrán cortar todas las flores;

siempre habrá un hombre semilla.

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domingo, junio 08, 2008

JOSÉ CABALLERO RODRÍGUEZ Y SU LIBRO "Maximialiano Macías y su tiempo, (1867-1934), Historia íntima de las grandes excavaciones en Mérida" III.


EL PRÓLOGO DE PEDRO MATEOS CRUZ.
No sé hasta qué cierto y verdadero punto el prologuista, Pedro Mateos Cruz, siente cómo si en sus carnes y espíritu se hubiese actualizado algo de la persecución contra Maximiliano Macías; pero dadas las circustancias creo que él se identificaría más sincretamente con el biografiado que José Caballero; salvando las distancias Pedro Mateos también sufre su particular calvario aunque su adversario, al menos, habla a los cuatro vientos y desde todos los puntos cardinales y atizando a diestro, siniestro, inferior y superior -dejando entrever pese a todo que el arqueólogo es la piqueta de una sociedad...- . Pero en arqueología como en tauromaquia y otras artes de la vida el que hace la faena bonita no da la puntillada, que es manera innoble de morir ya que el buen toro debiera ser sacrificado a espada por el propio diestro.
¿Se debe -o débese- a la existencia de una maldición propia y específica para los arqueólogos que, en realidad desentierran un hacha de guerra que se vuelve contra ellos mismos? O lo sucedido a Macías ¿se debió -o acháquese- a que no repartió entradas para la Medea de Unamuno a tutiplen a quienes habrían de haberse sentado a la derecha de su mano derecha? Por mi natural tendencia miópica acostumbro yo a mirar y ver muy de cerca y no se me pasó el detalle: a Mateos Cruz le comenzaron las críticas en un periódico, ya fenecido hace algunos años, con algo así como que no permitía a los emeritenses entrar gratis en el Teatro; también José María Álvarez Martínez recibió por entonces y por el mismo fígaro alguna andanada a cuenta de su "nosotros", pero él nunca ha puesto cielos rasos a ningún resto romano -que es lo que está ahora de moda criticar-.
Yo, ejerciendo de adivino y acertando siempre -como dice Nena- dije que no me gustaba el aspecto de la orina del enfermo; ahora el tiempo ha venido a darme una vez más la razón: se lanza una inocente bala trazadora y luego le sigue una ráfaga de balas destrozadoras.
Y es que la Arqueología es muy bonita, muy necesaria y muy productiva -es nuestra primera industria- pero molesta a muchas gentes; y también a muchas gentes les interesan sus piezas -curiosamente en la época liberal o de la fiebre de las privatizaciones se hizo realidad la creación del Museo emeritense, que en realidad era una contradesamortización-.
O bien Maximiliano Macías Liáñez era la metáfora de aquella Mérida más o menos bienintencionada con izquierdas y derechas emeritenseando en común que acababa ya e iba a ser puesta en temporal cuarentena.
Mi tendencia a ver en la Historia procesos y no hechos evolutivos así me lo hace entender; y me lo confirma el hecho de que las ruinas de Mérida importasen poco o menos en el período siguiente hasta el extremo de que Don Manuel Sanabria, como bien recuerda Caballero, encabezase la consiguiente manisfestación contra el desdén hacia Mérida.
Dada la inquina que la Medea de Unamuno produjo en determinados sectores de la oposicón política, según nos ha desvelado el propio Caballero en reciente Conferencia, al último capítulo de la vida de Maximialiano Macías Liáñez habría que denominarle la maldición de Medea que en palabras de Antonio Machado se concretaría en que una de las dos Españas ha de helarte el corazón.
Y a Maximiliano Macías se lo heló una de aquellas dos españas.
Sin embargo, de la muerte puede resucitarse y los mejores y más inocentes acaban por resucitar los primeros y aún antes de tiempo.
Y me viene bien esta referencia a las méridas que al unísono por entonces emeritenseaban: Pedro Mateos hace hincapié en un hecho que el libro de Pepe Caballero destaca: las excavaciones del Teatro eran una obra colectiva de todos los emeritenses; y los demás, los que oficialmente y por protocolo debido se llevaron las glorias, fueron, en prístina realidad, los colaboradores. Y los escasos pocos dineros, sabiamente administrados por Macías, así lo cuentan y lo cantan.


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